Él me llevó

Él me llevó

«Luego el hombre me llevó nuevamente a la puerta oriental, ubicada en el muro exterior de la zona del templo, pero estaba cerrada. Luego el hombre me llevó por la entrada norte hasta el frente del templo. Miré y vi que la gloria del Señor llenaba el templo del Señor, así que caí al suelo rostro en tierra. Ezequiel 44:1, 4 NTV»
Ezequiel 44:1, 4

En la visión del nuevo templo, el profeta Ezequiel no camina a la deriva ni escoge su propio rumbo, sino que es guiado paso a paso por un mensajero divino. La constante repetición de la frase que indica cómo este ser lo llevaba de un lugar a otro resalta la enorme importancia de la dirección celestial en nuestra cotidianidad. Así como el profeta fue conducido exactamente a los lugares correctos para poder contemplar la majestuosa gloria de Dios, nosotros también necesitamos rendir nuestra voluntad y permitir que el Señor dirija cada uno de nuestros pasos.

  • Hacer la voluntad de Dios Nuestro mayor anhelo debe ser hacer la voluntad de Dios, deseando profundamente que sea Él quien nos lleve a donde Él quiera, y no a donde nosotros queramos ir movidos por nuestros propios deseos.
  • Buscar su dirección diariamente Es necesario desear que Dios nos lleve y nos conduzca repetidamente, pidiéndole casi todos los días en oración que su Santo Espíritu conduzca nuestros pasos y los de nuestra familia por senderos sin obstáculos.
  • Reconocer su guía en nuestra historia Al reflexionar en cómo el Señor nos ha llevado por el camino de la vida, podemos ver que hemos transitado por diferentes paradas, lugares, personas, asignaciones, misiones y tareas, entendiendo que siempre ha sido importantísimo asegurarnos de que estamos en la voluntad de Dios.
  • Alinear nuestra voluntad a la suya Nuestra oración constante debe consistir en pedirle a Dios que nos lleve y nos condúzca siempre, manteniendo nuestra voluntad permanentemente alineada con su perfecta voluntad.
  • Extender esta guía a nuestras generaciones Esta dirección divina no debemos desearla solo para nosotros, sino que debemos orar para que Dios conduzca también a nuestro cónyuge, a nuestros hijos biológicos, a toda nuestra descendencia presente y futura, y a nuestros hijos espirituales.

Caminar bajo la dirección del Señor nos garantiza llegar siempre al destino correcto. Cuando renunciamos a nuestra necesidad humana de controlar cada detalle y le cedemos el timón a Dios, descubrimos que sus rutas nos conducen a contemplar su presencia y a vivir en plenitud. Permitamos que el Espíritu Santo sea nuestro guía diario, confiando en que sus planes son perfectos y que cada nueva temporada o asignación en nuestro viaje tiene un propósito divino inquebrantable.

«Luego el hombre me llevó nuevamente a la puerta oriental, ubicada en el muro exterior de la zona del templo, pero estaba cerrada. Luego el hombre me llevó por la entrada norte hasta el frente del templo. Miré y vi que la gloria del Señor llenaba el templo del Señor, así que caí al suelo rostro en tierra. Ezequiel 44:1, 4 NTV»
Ezequiel 44:1, 4

Piénsalo:

  1. ¿Hay algún proyecto o área de tu vida donde estás tratando de ir en tu propia dirección en lugar de dejarte llevar por el Señor?
  2. ¿Estás apartando un momento cada mañana para pedirle al Espíritu Santo que conduzca tus pasos y los de tu familia por senderos sin obstáculos?
  3. Evalúa tu voluntad actual: ¿está verdaderamente alineada con lo que a Dios le agrada o está siendo impulsada por anhelos personales?

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