Se arriesgó
José de Arimatea se arriesgó y fue a ver a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. (José era miembro honorable del Concilio Supremo y esperaba la venida del reino de Dios).
Marcos 15:43 (NTV)
La muerte de Jesús no solo estremeció al mundo espiritual, sino también a todos aquellos que lo habían seguido de cerca o desde la distancia. En medio de ese clima de miedo, confusión y persecución, un hombre llamado José de Arimatea tomó una decisión riesgosa: fue directamente al gobernador romano para pedir el cuerpo del Maestro. Esta acción no era simple ni segura. José estaba exponiendo su fe, su posición y hasta su vida, pero lo hizo movido por una convicción profunda y una esperanza viva en el reino de Dios.
Tomar decisiones riesgosas no siempre significa temeridad; a veces, es un acto de fe, de obediencia, y de profundo amor. Hay momentos en los que Dios nos llama a dar pasos que parecen inciertos, pero que traen sanidad, restauración y victoria, tanto para nosotros como para otros. José tomó una decisión valiente que fue clave en el cumplimiento de las profecías. Su ejemplo nos enseña que hay riesgos que vale la pena correr.
1. Arriesgarse es actuar con fe, no con certeza
José de Arimatea no tenía garantía de que Pilato le concediera el cuerpo de Jesús. Su petición pudo haber sido rechazada o incluso castigada. Pero él se arriesgó porque tenía fe. La fe no espera condiciones perfectas; actúa aunque haya incertidumbre. Lo que mueve al creyente no es la seguridad humana, sino la confianza en Dios.
2. Arriesgarse puede ser el inicio de un milagro
Cada decisión tomada en obediencia a Dios puede abrir puertas que jamás imaginamos. José no sabía que su acción formaría parte del cumplimiento profético de la sepultura de Jesús. Así también, nuestras decisiones arriesgadas pueden ser parte del plan divino para sanar, restaurar o liberar situaciones que parecen sin salida.
3. Arriesgarse implica salir de la comodidad
José era un hombre honorable, miembro del Concilio Supremo. Tenía una posición respetada, pero eligió no quedarse en silencio. Muchos prefieren no comprometer su estatus o reputación, pero quienes verdaderamente aman a Cristo están dispuestos a dejar la comodidad por causa del evangelio. El riesgo es el precio de la obediencia.
4. Arriesgarse es pedir con humildad, pero con valentía
Hay bendiciones que no recibimos porque no nos atrevemos a pedirlas. José se presentó ante Pilato y pidió. ¿Y si no hubiera pedido? ¿Y si se hubiera quedado con el deseo? Jesús mismo enseñó: “Sigue pidiendo y recibirás… sigue llamando y la puerta se te abrirá”. Dios honra al que se atreve.
5. Arriesgarse es un acto que sana el alma
Las decisiones arriesgadas que tomamos en obediencia a Dios producen sanidad. Sanan nuestras emociones, restauran relaciones, fortalecen la fe y nos conectan con el propósito divino. Cada riesgo tomado por amor a Dios transforma algo dentro de nosotros.
6. Todos enfrentamos decisiones que requieren riesgo
Creer, perdonar, amar, servir, pedir ayuda, confesar un error, volver a intentar… son decisiones que sanan, pero también asustan. Sin embargo, si nos atrevemos a tomarlas guiados por Dios, veremos frutos eternos.
José de Arimatea se arriesgó y fue a ver a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. (José era miembro honorable del Concilio Supremo y esperaba la venida del reino de Dios).
Marcos 15:43 (NTV)
Piénsalo:
- ¿Qué decisión estoy postergando por miedo al rechazo o al fracaso?
- ¿Estoy dispuesto a salir de mi zona de comodidad por obedecer a Dios?
¿Qué resultado sanador podría traer ese riesgo que Dios me está llamando a tomar hoy?